lunes 11 de julio de 2011

 Un río de aguas heladas era el primer obstáculo. A lo lejos, en la otra orilla, una imponente montaña dejaba ver apenas sus piecitos, haciendo de las nubes su ropa. Sin balsa y sin nada más en su cuerpo que la duda en estado puro, tenía intenciones de llegar a la cima. Allí lo esperarían ella, el calor, la pequeñez de un sillón a metros de un inmenso hogar. Los ojos cerrados a la hora de caminar no podían ocultar su deseo de sentir la inmersión de alguno de sus pies en las revoltosas agujas del río.
 Sus ojos cerrados buscaban el rumor del agua, la brisa que hacía tiritar. Una sonrisa precedió a las agujas, y pronto todo su cuerpo quedó confortablemente entumecido.









el día le fue pudiendo poco a poco al frío

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